La cueva del Oso


Oeste
Septiembre 17, 2009, 8:00 am
Archivado en: Sabana

El coronel Alfonso Carpintera subió su bota derecha a la silla de su escritorio justo después de terminar de pulir la izquierda. Tomo el trapo, recién humedecido con lustre, y lo enrolló firmemente entre sus dos dedos índices. Con un ritmo constante y firme, frotó la punta de la bota mientras alejaba su mente del mundo fuera del cuarto. Líneas blancas, rectas, verticales, tan ordenadas como para ver a través de ellas, pero tan cerradas como para no dejar pasar la vista luego de cien yardas. Así en la mente del coronel, sabía si algo estaba bien hecho, apenas pudiese ver las líneas puestas sobre lo que fuese que viera, se contentaba y se dirigía a alguna otra labor.

El mundo fuera, pensaba, estaba tan lleno de garabatos, cafés y grises, sucios o mediocres, había tan poco que fuese vertical, que cayera, que se ordenara y permitiera pasar la mirada, aunque fuese a cien yardas; tan poco. El lustre se estaba agotando, el coronel vio venir el momento de salir de su refugio, y dejo la bota descansar en el suelo para prepararse. Lento, agotado, sentía los músculos de su cuello relajarse felizmente cuando entraba a su oficina, las paredes recubiertas de libros lo protegían de el disturbio de afuera. Es de entendimiento común que una pared llena de líneas verticales obliga a todas las líneas torcidas que pretendan entrar a alinearse, de lo contrario, no pasan; esa era la belleza de los libros. Los libros solo pueden filtrar las líneas si han sido vistos y leídos en su totalidad por alguien capaz de comprender su valor, y solo filtraran las tormentosas líneas que viajan desde el norte y el sur, y que chocan justo en la oficina del coronel, justo en el centro de la sabana. Si hubo un motivo para que el coronel viniera a la sabana, fue para luchar, y encontrar la causa de las líneas torcidas, y poder enmendarlas. Nada en este mundo era más importante que el orden, no para el coronel, y por eso era su solemne deber ir a corregir la desigualdad en el mundo. A veces, pensaba, la personas no se dan cuenta de las líneas en medio de las que viven, y no saben, como alguna vez no supo él, que esa era la causa de todo problema, y toda solución está en la rectitud.

El casco, las hombreras, los botones del chaleco, los bordados de la chaqueta y el sable, son solo instrumentos, decorativos, pero altamente importantes a la hora de protegerse de las torceduras en el aire. Una precaución menos es un flanco de ataque más que se le da al oponente, imperdonable. Se llevó la mano a la cara y se estiró el bigote, que se retrajo a un elegante colocho. Chaqueta en mano se acercó a la puerta, la puerta, los libreros, el piso, la alfombra, el escritorio, las cortinas e incluso la luz, eran café, café madera, café tierra, café tarde a través del vitral, pero él era blanco, blanca la ropa, blanco el cabello, y mas importante, blanco el espíritu. Giro la perilla sin temor, el escalofrió se había quedado encerrado en una caja al fondo de las gavetas. En el pasillo, café, con la alfombra roja, lo esperaba un cadete, que espero a que el coronel cerrase la puerta antes de comenzar a hablar:
“Coronel Carpintera, Señor. El coman-” El corones lo interrumpió.
“Nombre y rango.” Dijo. Las líneas sobre el pasillo acababan de temblar.
“Cadete Marcelo Astúa, señor.” Dijo tímidamente el cadete.
“Después del saludo al oficial siempre viene la presentación personal. Hay que recordarlo.” Dijo el Coronel. “Continúe.”
“Si señor, el comandante requiere de su presencia inmediata en la torre del vigía.”
“Eso ya lo sé” dijo el coronel mientras caminaba por el pasillo. El cadete lo seguía. “a eso me dirigía.”

“Si señor, pero el comandante dijo que debía llegar con más urgencia, ha habido un imprevisto.”
“Entonces usted debió golpear a mi puerta cadete.”
“Y si lo hice señor…”
“Si el golpe no es adecuado, ni aliados ni enemigos lo notaran.” El coronel se detuvo al decir esto, habían llegado al final del pasillo, donde, frente a una estatua de un caballero ecuestre, el camino se dividía. “continúe hacia el campo de entrenamiento cadete, y pídale al sargento Marqués que lo entrene en combate mano a mano. Si golpea a su adversario a como golpeo a mi puerta, entonces debo preocuparme más por mis próximos batallones.” Lo saludó y tomo el camino de la derecha, el cadete, que para entonces tenía varias líneas cafés enmarañadas alrededor suyo, caminó, algo confundido, por el pasillo de la izquierda.

El coronel ascendió a la torre del vigía, donde el comandante miraba preocupado hacia el sureste. Varios soldados mantenían la mirada de sus telescopios hacia todos los puntos cardinales, pero era hacia el este donde se centraba su atención. Los cañones de La Ciudad Noble apuntaban siempre hacia el otro lado de la sabana, invisible incluso con el telescopio más potente de la torre vigía, hacia Yiame, la ciudad mercante.

El coronel se acercó al comandante y lo saludó, luego miró hacia donde estaba viendo el comandante. “Esto no lo vimos venir.” Dijo el comandante. “denle al coronel el telescopio.”
Un soldado le dio paso al coronel al telescopio mas grande de la torre. El coronel miró a través de él, y enfocó donde vio algo fuera de lugar. Más allá del rio, dentro del bosque, había un fuego de campamento, dentro del territorio del coronel.
“No puedo ver al enemigo” dijo.
“Ni siquiera supimos cuando pasaron al batallón de avanzada, y ninguno de nuestros espías ha vuelto, así que solo sabemos dos cosas: que nuestra defensa en el sureste fue aplastada sin oportunidad de pedir ayuda o soportar el ataque, y que esta no es la usual guerrilla tribal del sur, están organizados.” El comandante Ureña, era un hombre fuerte, calmado, que el coronel respetaba, pues era recto, casi tanto como el coronel mismo, sin embargo, esta vez se veía alterado. En diez años, desde que el coronel había llegado a la sabana, el sur no había sido más que una molestia constante, pero controlable, jamás cediendo territorio, pero jamás avanzando a través del frente Noble. Eran demasiado desorganizados, erráticos, y salvajes, por lo que el coronel había tomado una especial repulsión hacia ellos, que ahora, tan cerca, se estaba volviendo nausea.
“Es un movimiento incipiente” dijo el coronel, tratando de transmitir su serenidad al comandante. “hará falta ahogarlo antes de que crezca.”

Un soldado llegó corriendo escaleras arriba hasta donde se encontraban el coronel y el comandante. Saludó y recobró el aliento. “Comandante, Coronel. Soldado Daniel Oviedo. Uno de nuestros espías acaba de volver, malherido, pero con información sobre el enemigo. Dice que es una fuerza de aproximadamente seiscientos hombres, unas ocho tribus del sur unidas bajo el mando de un hombre que lleva dos hachas de acero verde, y el emblema del mono aullador.”


1 comentario por mucho
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Wow, hace rato no publicaba. Bieeen :)

Comentario por fche626




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